martes, 9 de junio de 2009

Pere Besso traduce a Lidia Vinciguerra



MONÒLEG D’UNA LLÀGRIMA

I

Plore.
Plore la soledat.
Acompassar aquesta inèrcia de llàgrimes davant d’un robust cadell
que de penes demostra petita, la seua futura ferocitat. Però plore.
Plore quan deixa el pixum i el lladruc en el privilegi del silenci, en l’arrogant desdejuni que em reserve
com qui defineix el seu propi rostre en l’espill,
i la propietat de l’ombra o deixar la rancúnia
o la sospita de l’amargura
damunt d’un coxí de plomes negres, irredentes.

Plore el pobret trencat pel paco.
A la nina venedora de flors velles, el seu cosset de verge
entre luxúries de nit abandonada en Corrientes i Florida.
Però més plore perquè plore.
Perquè plorí mamà quan es trencà el seu maluc,
quan Déu o els seus àngels –perquè eren d’ella els déus i els àngels, els fantasmes i els inferns de les tres del matí–
resistiren el seu anar esbelt i es tornà frèvola i precària,
primitiva en el dolor,
lenta, d’una lentitud insubornable
que maltracta adins, ben adins,
més adins que l’udolament de cadell famolenc.
Plore la soledat.
Plore amb la soledat.

Plore per la set. Plore el desarrelament de mare,
el calaix de fusta, les flors migrat de perfums,
els mocadors rugats a la bossa, la creu innecessària
denostant un Altre mort.
La fi, les cendres amollades per unes altres mans
d’altres infortunats.
Plore el retorn sense ella.

Oh mare, fou menester seguir el camí, obrir la porta, mirar el buit de la teua cadira, desarmar el teu llit, tirar l’innecessari, un lligall de robes i llegir la teua agenda, les teues pregàries a les verges, les teues pàgines assenyalades en llibres i fotos testimoniatge fins que el record esclate en llàgrimes, mare. I la pietat.



MONÓLOGO DE UNA LÁGRIMA

I

Lloro.
Lloro la soledad.
Acompasar esta inercia de lágrimas ante un robusto cachorro
que apenas demuestra pequeña, su futura ferocidad. Pero lloro.
Lloro cuando deja la orina y el ladrido en el privilegio del silencio, en el arrogante desayuno que me reservo
como quien define su propio rostro en el espejo,
y la propiedad de la sombra o dejar el encono
o la sospecha de la amargura
sobre una almohada de plumas negras, irredentas.

Lloro al pobrecito quebrado por el paco.
A la niña vendedora de flores viejas, su cuerpecito de virgen
entre lujurias de noche abandonada en Corrientes y Florida.
Pero más lloro porque lloro.
Porque lloré a mamá cuando quebró su cadera,
cuando Dios o sus ángeles –porque eran de ella los dioses y los ángeles, los fantasmas y los infiernos de las tres de la mañana–
resistieron su andar esbelto y se volvió endeble y precaria,
primitiva en el dolor,
lenta, de una lentitud insobornable
que maltrata adentro, muy adentro,
más adentro que el aullido de cachorro con hambre.
Lloro la soledad.
Lloro con la soledad.

Lloro por la sed. Lloro el desarraigo de madre,
el cajón de madera, las flores migrando de perfumes,
los pañuelos arrugados en el bolso, la cruz innecesaria
denostando a Otro muerto.
El final, las cenizas arrojadas por otras manos
de otros desdichados.
Lloro el regreso sin ella.

Oh madre, hubo que seguir el camino, abrir la puerta, mirar el vacío de tu silla, desarmar tu cama, tirar lo innecesario, un atadito con las ropas y leer tu agenda, tus oraciones a las vírgenes, tus páginas señaladas en libros y fotos testigo hasta que el recuerdo estalle en lágrimas madre. Y la piedad.



© Lidia Vinciguerra
Traducción al catalán Pere Bessó

2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Como siempre Lidia, mi querida hermana, tu poesía me conmueve por su falta de escondites innecesarios. A veces, si los utilizas es justamente para que nadie pueda verte las lágrimas.
Susana Giraudo

29 de septiembre de 2009, 13:47  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Cada vez que leo tu monólogo descubro sentidos nuevos y renovada belleza, Lidia. Bella también la recreación de Pere.
Aplausos y un beso grande para ambos
María Rosa León

1 de octubre de 2009, 9:48  

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